PUBLICIDADError, el grupo no existe! Compruebe la sintaxis! (ID: 1)
Author

Anne-Françoise Raskin y Marta Botana

    Nuevas formas de vivir el cuerpo en las artes escénicas proponen un retorno a la materialidad y peso del cuerpo reconquistando la horizontalidad, devolviéndonos a la tierra. Tal vez sea en reacción directa a experiencias espaciales que tratan de descentralizarnos hacia una verticalidad que, unas veces desde la arquitectura, otras desde el ballet, imponen una elevación espiritual que trata de negar la existencia de la gravedad introduciéndonos irremediablemente en el mundo de la fantasía. Éste y otros cambios ideológicos hacen que arquitectura y danza propongan hoy otras experiencias, otra vivencia mutuamente construida del cuerpo y la ciudad.

    Input_firmas_calle4_6

    Si hasta hace unos años nuestras ciudades tenían dos centros, el poder sagrado y el político, y su urbanismo se desarrollaba partiendo de estas dos cabezas  —catedral y castillo—, las ciudades (pos)modernas son fragmentarias, acéfalas en ocasiones, construidas en torno a múltiples centros. Poniendo el foco en estas cualidades organizativas, encontramos en el escenario prácticas similares. Al centro único de los teatros a la italiana o al conocido empoderamiento del intérprete que camina de izquierda a derecha se suman prácticas coreográficas que proponen otros sistemas de composición y diseño espacial. Se rompe la jerarquía tradicional del espacio, se emancipan los roles y protagonismos. Cada punto del escenario puede ser convertido en un centro artificial en cualquier momento como ocurre con el trabajo de William Forsythe y su “arquitectura de la desaparición”. El coreógrafo americano, que ha dirigido el ballet estatal de Frankfurt durante veinte años, trabaja frecuentemente con arquitectos como Libeskind (el famoso arquitecto del Museo Judío de Berlín) con quien comparte una estética deconstructivista. Forsythe convierte una parte cualquiera del escenario, distinta del centro natural, en un centro artificial, mediante el uso de la iluminación, la escenografía o la acción. Con frecuencia crea varios de estos centros simultáneamente, dando lugar a escenarios y cuerpos policéntricos con acciones vistas y ocultas, paralelas o consecutivas, causales o perfectamente dislocadas del resto de la escena. Esta corporeización de las ideas a través de la construcción del espacio o los significados de una línea vertical, horizontal o quebrada, la creación de un pequeño vacío, o el enfrentamiento de unos cuerpos en oposición, son lenguajes creativos que comparten coreógrafos y arquitectos. Quizá por este motivo, entre otros, el encuentro de danza, cuerpo y arquitectura es múltiple y tan filosófico como histórico. Es reconocido que existe una atracción mutua entre estos dos lenguajes similares y a la vez antagónicos. Se crea, por ejemplo, un discurso anacrónico entre el bailarín y su construcción efímera y un espacio arquitectónico, perdurable, construido en otra época la mayor parte de las veces. Sin embargo, posiblemente la mayor conexión que existe se encuentra en un punto externo a ambos creadores: en el espectador/visitante. La percepción en ambas prácticas desborda la supremacía de la visión y se convierte en una experiencia kinestésica. El cuerpo del ciudadano integra las imágenes de la arquitectura con los ritmos de deriva a través de sus espacios y su memoria de movimiento acumuladas a través de los años. Esto diluye hasta cierto punto el límite entre el yo y el entorno urbano, que no enfrenta la mirada a un edificio, sino que provoca una percepción desde el cuerpo. De la misma manera, se difumina el límite entre la performance y la vida cotidiana cuando la danza ocurre en el espacio arquitectónico y urbano.

    Input_firmas_Rizoma_Photo-Laura-Marongiu_3

    ¿Cuándo hemos cambiado nuestros modos de estar y habitar el espacio público? ¿Cuándo dejamos de jugar en la calle? ¿Por qué hemos dejado que se reduzca a autopista de tránsito peatonal hacia la diaria actividad productiva?

    Múltiples y crecientes manifestaciones festivas en el espacio público —sumadas a las concentraciones sociopolíticas de estos últimos años—, tienen como objetivo volver a crear vínculo social, dar al espacio público (aunque sea de manera efímera) su vocación de lugar de sociabilidad colectiva. La creación se traslada fuera de los estudios y los teatros y se coloca en la plaza de la ciudad rodeada de mangueras de bomberos que inundan literalmente el lugar en una adulta guerra de agua.

    Ya Trisha Brown investigó con los espacios insólitos en los 70, con obras de site-specific como “Man walking down the side of a building” o “Roof piece”, piezas creadas para la arquitectura de Nueva York. Otros autores como Sharon Fridman, coreógrafo israelí establecido en Madrid, construyen en el espacio de la ciudad obras que rescatan la organicidad del cuerpo y sus sistemas naturales de organización: “70 bailarines en un espacio exterior. Entre sus cuerpos, un vasto vacío que llenar. El primer movimiento en la tierra. (…) muy lentamente empezamos a movernos, como recién nacidos, con mucho cuidado de no dañar la naturaleza, de no dañarnos. Conectamos unos con otros, y juntos buscamos líneas naturales de desarrollo… hasta encontrar un territorio desde el que partir por primera vez”. En otras palabras, las de la escritora francesa Lola Gruber: “Interpretada al amanecer, esta vasta eco-coreografía matinal, incrustada en la ciudad, es un mundo dentro de otro mundo. Una ceremonia abierta y al mismo tiempo secreta, que se experimenta al alba en la capital, lejos del mundanal ruido y antes de salir al encuentro de los otros, del trabajo o de la cama, en la ciudad desvelada” .

    Input_firmas_Rizoma_Photo-Laura-Marongiu_4

    Sería incompleto considerar el espacio exterior como único ejercicio de libertad creativa, oponiéndolo a un escenario delimitado y limitante, tal y como demuestran, por ejemplo, las obras de Forsythe antes mencionadas, u otras experimentaciones en espacio interior de Trisha Brown con las mismas intenciones artísticas. Las salidas de la danza fuera de los teatros y de los lugares habituales para su representación hacia espacios públicos invitan al encuentro azaroso del usuario de la ciudad con la danza. Consideramos el desplazamiento inherente a la ciudad: las calles nos proponen (¿imponen?) sus ritmos y recorridos. Estas invasiones de las arquitecturas urbanas, tomadas como nuevos escenarios, nos interesan por la ruptura e invitación que pueden encarnar, por una suerte de retorno a la etimología de ruta (via rupta), una vía “rota”, “abierta por fuerza”. Una invitación, pues, a la pausa y a la interrupción del rumor habitual de nuestras urbes.

    Tal y como apunta el pensador francés Jean-Luc Nancy hablando del Art de la ville, en la ciudad somos todos actores y espectadores a la vez. Todos nos mostramos los unos a los otros en distancias que van del mero anonimato hasta la familiaridad restringida de los vecindarios o de los encuentros repetidos. Lo que está en juego en la ciudad, sigue el filósofo, es el encuentro en el sentido más amplio de la palabra. Todo en la ciudad —y ciertamente también en el arte— ocurre como en los encuentros humanos que proporcionan amistad, amor, negocios, hostilidad, desconfianza, intimidad, asombro, deseo… Tomemos todos estos apuntes como pistas que nos invitan a abrir la ciudad, a dejarnos interpelar por ella, dotarla de nuevos significados, habitarla y, por qué no, bailarla.

    11 enero, 2016 0 comment
    0 Facebook Twitter Google + Pinterest