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Marta Álvarez

    El brillante charco de sangre alrededor de la cabeza de una Ana Mendieta que lleva unas zapatillas de Le Coq Sportif contrasta en mi cabeza con el bulto blanco tendido sobre una capilla a bordo de un portaaviones expuesto en una nueva galería de Madrid. El juego gamberro que Kepa Garraza (Berango, 1979) llevaba a cabo en sus primeras series parece hacerse tornado más serio, pero lo impulsa un mismo sentido crítico. El artista bilbaíno arranca la temporada en Combustión Espontánea con Osama, una exposición que constituye una crónica visual de la muerte de Bin Laden, un hombre cuyas acciones cambiaron el rumbo de nuestra historia reciente. También acaba de recibir el Premio Casa de Velázquez. Un rato de conversación con él en la galería nos da una idea de la profundidad reflexiva de unas obras que retoman, a lo posmoderno pero no en vano, formatos pasados.

    Marshall McLuhan afirmaba que el medio es el mensaje. Para él, el poder que ejercía el medio era permanente y modificaba nuestro sistema de pensamiento, mientras que el mensaje era más bien anecdótico. Es curioso que te lleves las imágenes de los mass media a la pintura. ¿Crees que en efecto el mensaje cobra mayor importancia?

    Me di cuenta enseguida cuando empecé a utilizar el formato periodístico de que se genera un territorio muy extraño, una especie de aberración: una descontextualización del medio y del formato original. Cuando lo sacas de esa inmediatez y de esa crónica en tiempo real se genera ese territorio que me gusta mucho porque me permite reflexionar acerca de cuestiones interesantes en torno a los medios de comunicación: la veracidad, el dogmatismo y la forma de adoctrinamiento que tienen la mayoría de los medios occidentales. Desde los años 80, el periodismo, como medio esencial de comunicación y traslación de la verdad, ha perdido muchísimos enteros y se ha ido transformando paulatinamente en una especie de elemento de crítica de la sociedad del espectáculo y cada vez está más ideologizado. A mí me interesa sacar el contenido de su contexto y utilizarlo para enfatizar hechos sucedidos y crear territorios extraños entre la ficción y la realidad. Generar una inquietud presupuesta en el espectador.

    McLuhan también señalaba que los medios nos han dado el gran poder para manipular sociedades enteras y ejercer sobre ellas una cierta violencia. Proponía ver críticamente las relaciones de poder en los medios, generando así una ecología de la imagen. ¿Es tu obra un intento de salir de este sistema opresivo de la imagen?

    Estamos en la sociedad de la superinformación y como habitantes de esa sociedad tenemos muy difícil transgredir el medio en el que habitamos. Mi obra intenta plantear cuestiones relativas a la naturaleza del medio. Puedo crear inquietudes pero al final quienes tienen que solventar el problema son los propios periodistas. Los artistas podrán dar pequeños destellos de qué puede funcionar o qué no funciona, visibilizar y ocultar cosas; pero el problema del medio periodístico en sí es que refleja un mundo que le obliga a contar las cosas así. No creo que haya ningún complot ni una mano negra. Cada época se corresponde con una manera de contar las historias y con lo que luego se convierte en historia. Ahí está la gracia: el periodismo es protohistoria, crea historia al tiempo que suceden las cosas.

    Fotografía: Input

    Tu obra se sirve a menudo de la relectura, no sólo en términos temáticos, sino también formales. Ahora lo haces a través del realismo clásico de los cuadros históricos de tipo decimonónico. No deja ser un nuevo relato histórico con un formato ya en desuso. ¿A qué responde este recurso al pasado?

    Me interesa mucho el formato de la pintura de historia del s. XIX porque es una herramienta de propaganda muy eficaz pero muy naif a la vez, que responde a una forma de contar historias que encajaba perfectamente con su tiempo. Es la primera vez donde se empiezan a contar hechos más o menos contemporáneos al momento en que se realiza la pintura y se empiezan a tratar hechos históricos y delicados. Resucitar esa estética, cada vez más evidente en mis piezas, es un ejercicio estúpido, como el arte, que no sirve para nada pero que hace a gente muy feliz. Creo que sólo sirve para cuestionarse la realidad de una forma más aguda, porque si estamos habituados a los medios de masas, narrar un acontecimiento actual volviendo al formato del s. XIX me parece perturbador. Eso es lo que quiero: reflexionar de forma profunda sobre los hechos cotidianos frente a la producción de los medios de masas, tan complicados para el artista. Además, me permite rescatar formas de trabajar y de componer del pasado, haciendo referencia a iconografías. En mi pintura tiene mucha importancia la parte conceptual pero también la parte técnica y no solo a nivel de ejecución, sino también de composición. Me gusta utilizar los medios clásicos completamente desahuciados, con un proceso de mímesis para lograr ese territorio extraño que haga que el espectador se plantee cosas y que le dé una alternativa a la narrativa cotidiana.

    Vuelves después de un tiempo a Madrid a Combustión Espontánea, una galería joven con una nueva línea de trabajo, y traes una serie que hace referencia a Goya, que está aquí cerca en el Museo del Prado. ¿Cómo es esta relación con Goya?

    Fue a raíz de la ampliación que hizo Zugaza en el Prado, cuando rescató la pintura española del s. XIX, de la que el museo tiene una gran colección y que había estado relegada en los almacenes. Zugaza tuvo el acierto de rescatar piezas magníficas y de situar a Goya en ese contexto, frente a sus coetáneos, aunque él fuera un avanzado a su tiempo. A raíz de esa visita me empecé a obsesionar por esa pintura y por el siglo XIX y su propaganda tan naif pero tan brillante a nivel de conceptualización y pictóricamente. Fue como descubrir un mundo que ya había descubierto en el Louvre, donde valoran mucho la pintura del XIX con David o Guéricault, entre otros. Esa visita fue el detonante para no solo utilizar la pintura de historia como referente estético sino para incorporarlo también como algo conceptual. Y ahí mi forma de abordar la pintura cambió, utilizando cada vez menos el humor y con una importancia creciente por las formas en las que se cuenta la historia.

    Según Miguel Ángel Hernández Navarro, la visión de la historia de Walter Benjamin resulta afín a la del artista como historiador. En este caso, el artista interviene en el pasado a través de la acción presente dado que la historia está abierta. Tus aportaciones históricas son especialmente claras en Osama.

    Esta serie surge cuando yo me entero de la ejecución de Bin Laden desayunando, viendo el telediario. La noticia me deja alucinado y me quedo toda la mañana frente al televisor escuchando todas las noticias que progresivamente se van filtrando. Ese ejercicio de propaganda me pareció asombroso: era todo una manipulación perfectamente orquestada, la forma de secuenciar las imágenes, la forma que Obama tuvo de anunciar a la prensa. Me pareció una obra de teatro perfectamente escenografiada y me fascinó. Me dije que tenía que hacer algo con eso, utilizar esa avalancha de imágenes que llegaba filtrada por el gobierno estadounidense y la CIA a través de los medios. Mi primer impulso fue recopilar imágenes y luego pensé en recrear dos escenas que son clave y que no se han mostrado: la ejecución y el funeral del terrorista. Estoy convencido de que hay grabaciones, de hecho el gabinete de Obama vio la operación en directo. El interés histórico de esas imágenes me llevó a resucitar el tema y las imágenes de la forma mas espectacular posible: con la estética, la narratividad y la carga conceptual de la pintura de historia. Pero todo surge de la cotidianeidad y la observación inmediata de un hecho histórico clave del s. XXI y después todo se desencadena como en muchos artistas a consecuencia de nuestras obsesiones y demonios interiores.

    Antes has dicho que el arte no es útil, pero el reciclaje de imágenes que haces y esta narración alternativa tienen un contenido político y se relacionan con este régimen de hipervisualización en el que vivimos y creo que de esa manera emite una respuesta política.

    Coincido contigo y esa es mi intención. Los artistas vivimos de intencionalidades, nuestros objetivos siempre son muy grandes y al final nos acabamos quedando en el camino. Cuando decía que el arte no sirve para nada es que realmente no deja de ser una forma de expresión muy minoritaria y que nunca ha tenido la capacidad de cambiar las cosas, pero sí creo que es útil como método de reflexión. Las artes plásticas, a diferencia del resto de bellas artes -quizás exceptuando la literatura-, son las únicas capaces de generar un espacio para la reflexión profunda. El resto de las artes lamentablemente se han ido alejando. Hay una carga política evidente pero no me gusta nada posicionarme a nivel político porque me molestan los dogmatismos y el adoctrinamiento. Para mí sobre todo hay un ejercicio de cuestionamiento y de poner las cosas en duda permanente. El espectador al ver mis obras en directo ha de ser capaz de cuestionarse cosas. Aquí entra en juego también el tema de la presencia física del espectador: los pintores seguimos pintando para que se vea en directo. La relación física entre obra y espectador es fundamental porque cierra el círculo, toma sentido real y el espectador se puede hacer una idea de qué pretendía el artista.

    Internet ha cambiado completamente nuestra forma de percibir las imágenes y consumirlas. ¿En qué medida haces uso de este medio y qué supone para tu trabajo?

    Internet es la gran herramienta. En mi caso, es el medio de comunicación que más utilizo para desarrollar mi actividad. A mí sobre todo me sirve como un banco inagotable de imágenes más que de conceptos. Para eso suelo tirar de la narrativa tradicional: periodismo, literatura, ya sea un libro físico o digital, pero una edición cuidada, editada, supervisada. No me sirvo tanto de Internet para la crónica de la realidad, ni para extraer una visión global de los media, sino sobre todo como un banco de imágenes. Es increíble como en los últimos años Internet sobre todo se ha convertido en un maremágnum de imágenes, que si eres suficientemente habilidoso y con un motor de búsqueda, puedes encontrar todo tipo de imágenes. Antes usaba más la cámara, pero ahora las imágenes de archivo salen de la Red, porque cada vez hay mayor variedad y mejor resolución. Tú solo tienes que realizar el tedioso trabajo de estar en Google buscándolas. A veces me obsesiono con un concepto y mi mujer me dice que “me acabo Internet”. Es muy curioso porque la búsqueda genera una retroalimentación de imágenes que hacen de la Red una herramienta de imaginario increíble.

    Normalmente, trabajas con series más o menos largas y cerradas, en las que partes de una linealidad narrativa que articula tu relato incluso cronológicamente, como es el caso en Osama. Esto se relaciona probablemente con el formato de cuadro histórico. ¿Cómo construyes esas series y qué te aporta esa narratividad?

    Al final a mí siempre me ha gustado esa forma de ordenar las cosas, las series cerradas me permiten acotar el principio y el fin. Yo soy bastante friqui de la historia y es eso lo que me gusta de la narración de la historia: ese es el germen de la forma que tengo de secuencializar -casi en exceso- las series. En efecto, tiene relación con la pintura de historia como una forma de narrar hechos en el tiempo. Todo parte de nuestras obsesiones, así que al final, involuntariamente, es algo que ha surgido y que he conseguido atar luego con referencias de la pintura de historia, pero posiblemente sus motivos estén mucho más hondo, en mi subconsciente. Son obsesiones personales como el limitar las cosas mucho. Las series pueden cambiar, pero siempre mantienen ese proceso de secuencialidad, que a veces me he intentado saltar pero no he podido.

    “The funeral” Óleo s/lienzo 200×300 cm, 2015

    Los cuadros históricos son referentes de cultura institucional, de “alta cultura”, pero trabajas con mass media.

    Es muy interesante, llevo pensando sobre ello un tiempo y básicamente creo que esa barrera entre alta y baja cultura se está dinamitando. Ha llegado un momento en la historia en el que se está planteando un quiebro entre ambas. La alta se está obsesionando con su masificación, posiblemente por una cuestión de réditos económicos, de necesidades de capital; y la baja se ha vuelto tan expansiva y viral que empieza a absorber el resto de manifestaciones. Se da un proceso interesante y yo creo que el futuro de la comunicación es la homologación de formas de narrar. Siempre habrá diferencias, pero los códigos cada vez son más móviles y se intercambian los recursos. Todos los cánones dieciochescos se están dinamitando por completo y es muy interesante pero también muy peligroso. El peligro de todo esto es la banalización como en tantas otras cosas, es el gran desafío de la era ultramoderna. Es una pelea jodida, porque el público adora la banalización y eso es lo que le damos, es una batalla perdida de antemano.

    Igual que en la serie anterior, This is the End of the world as you know it, en Osama construyes un relato a medio camino entre la verdad y la ficción, para hablar, efecto, de lo que realmente ocurre. ¿Cómo articulas esos dos niveles evitando el equívoco?

    Mi intención es realmente que haya equívocos. Esa serie es en realidad posterior, y se nota porque en Osama por primera vez trato exclusivamente un hecho histórico real: me baso en la realidad y hago una recreación pero no me salgo de la crónica; mientras que en todo lo demás siempre hay fabulación, ficción. Siempre la he utilizado como una forma de ocultarme a mí mismo y ocultar lo que pienso. Soy bastante tímido y la ficción me ha servido para escamotear mis ideas. En esta serie creo que me expongo demasiado y en esa última he vuelto atrás, toco los mismos temas pero trato de confundir a la gente descontextualizando las imágenes y planteándolas de una forma en que no queda claro si es ficción o realidad. Es lo que pretendo generar en el espectador: que no entienda, que le choque y se active la obra. Osama me costó porque en ella me expongo al desligarme de la ficción y el próximo proyecto que tengo en mente vuelve a esto. Los artistas necesitamos estos movimientos internos para seguir trabajando, somos un poco masoquistas.

    La serie Osama busca reconstruir un suceso histórico que conmocionó al mundo entero y que pretendía cerrar un ciclo de miedo abierto el 11S. Hoy el temor se centra en la “Crisis de Refugiados”, pero mantienen el factor común del miedo a la invasión oriental.

    Es el mismo miedo del año 1000 a la invasión del bárbaro. Europa se ha cerrado sobre sí misma después de haber estado peleando entre países durante 900 años y ahora parece que nos hemos cansado de matarnos entre nosotros y nos hemos vuelto súper escrupulosos a la hora de aceptar otras culturas. Yo lo veo como un síntoma de un estadio de paranoia brutal. Ahora mismo estoy leyendo un libro sobre eso: Sumisión de Houellebecq plantea una especie de distopía, algo que yo trato constantemente. Plantea una situación hipotética en la que un grupo político islamista gana las elecciones en Francia en el 2020 gracias a la pasividad y el descrédito que han sufrido los partidos políticos en Occidente. Plantea la llegada del islamismo como una corriente fresca que renueva el sistema político francés y consigue llegar al poder. Por muy lejano que parezca, creo que Europa está sufriendo ese momento de crisis. Occidente está en un momento en el que parece que deja de comportarse como la luz de la civilización, como el sistema político y económico predominante y cada vez son más evidentes las fisuras del sistema. Esta reacción frente a los refugiados es un miedo a lo extraño, a algo que quizás puede ser positivo, con lo que se establezca un diálogo y se refresque el ambiente. Es una cuestión de degradación moral, de un sistema que está viviendo sus últimas horas, sus últimos coletazos, que en términos históricos se pueden alargar muchos años, pero no hay salida. Igual que Occidente en la alta Edad Media termina imponiéndose a sus rivales y triunfa su modelo partiendo de una situación de inferioridad demográfica, económica, de desarrollo, territorial, etc, ahora está en el reverso de esa moneda. Es como la decadencia del Imperio Romano. Por otro lado, los procesos de decadencia son muy interesantes para las artes plásticas, porque se intuye algo nuevo. Estamos en los albores de un cambio radical que esperemos que nos lleve a algo mejor.

    Me preocupa y extraña la morbosidad que sustenta la hipervisualización de nuestra era, en la que la violencia y el horror son sumidos en la monotonía consumista de imágenes.

    Responde a unas pulsiones humanas muy básicas que siempre han estado ahí: si analizas el arte románico podrás ver diferentes representaciones de torturas. Ahora esa violencia ha llegado a una hiperrealidad que resulta abrumadora pero creo que nosotros tenemos todavía la capacidad de discernir entre lo real y la ficción, entre un suceso y su entorno real. Pero es una demanda del ser humano inevitable. Vivimos avasallados por imágenes violentas porque vivimos rodeados del resto de imágenes y las tenemos constantemente. La banalización de contenidos y sobre todo de la violencia, transmitida por redes sociales funcionando como un elemento viral, se desvirtúa por la repetición y se normaliza. Pero eso es otro síntoma del momento en el que vivimos. Combatirlo es muy complicado: ahí se necesita el criterio que el propio espectador ponga, él debe ser el filtro. Nuestra naturaleza es masoquista, nos atrae el dolor ajeno.

    Tu relato trata de ser objetivo, sin embargo se sirve de imágenes tan subjetivas como inventadas y propias de una visión occidental, como atestigua la referencia a Goya. ¿Es posible la objetividad?

    No, la objetividad pasa a un segundo plano. Osama no busca ser objetiva, está cargada de intenciones. El único límite que me puse al ejecutarla fue basarme en las ideas y en los pocos datos filtrados. Yo no hice una elucubración sobre el funeral real de Bin Laden, si es que lo hubo, pero me basé en la crónica de lo real y en los datos publicados por el gobierno. Como no hay otra crónica visual, le di una vuelta más a esas ideas muy sesgadas desde un principio. Plantear la referencia al 2 de mayo es una aportación personal cargada de una significación evidente y de simbolismo occidental, de mis referentes culturales inevitables.

    En tu obra se observa un desplazamiento de la temática meta-artística, podríamos decir, a una más puramente política. Sin embargo, ambas parecen responder a un mismo espíritu crítico e irónico.

    El cambio responde como muchas cosas a una evolución personal. Mis intereses han ido migrando de las artes plásticas a la literatura o el cine. Me encanta la lectura sobre historia, por ejemplo. Antes disfrutaba más con las artes y ahora con otras cosas: tus gustos cambian tus referentes y varían tu trabajo sin que apenas te des cuenta. Cuando acabo la serie Kepa Garraza y comienzo Osama la gente no entendía nada, pero con perspectiva tiene un sentido. Sigo usando la ironía y el sentido del humor aunque menos en esta serie, que responde a una obsesión momentánea que va calando en las series posteriores. Quizás antes era más iconoclasta y ahora mis intereses van por otros lados.

     

    Fotografía: Input

    29 septiembre, 2015 0 comment
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