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Dos

    Los enormes buques -la mayoría de ellos atiborrados de turistas- que atracan en el puerto de Palma tienen por costumbre tocar la bocina para avisar de su llegada o salida. Se trata de un sonido que permanece en el aire congelado por algunos segundos y cuyo autoritario tono siempre parece reclamar tu atención. Escuchamos su eco cuando estamos en lo alto de un edificio en línea directa con el puerto, en una terraza donde el sol de las seis de la tarde calienta de lo lindo, y nuestro protagonista, Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967), busca desesperado una sombra de la que resguardarse en mitad de la sesión de fotos. “A mí me encanta ver el sol pero no me gusta sentirlo, por eso me gustan tanto las películas donde hace sol” nos dice con la mano encima de la frente haciendo de visera. Entrevistamos a Fernández Mallo en su bonita casa de Mallorca, el lugar en donde crea y da forma a los personajes y entramados que encontramos en sus novelas, poemarios y ensayos. La reciente publicación de Limbo, su cuarta novela, nos ha servido de excusa perfecta para sentarnos frente a él y descubrir todas las facetas creativas que esconde este físico particular.

    Dotado de un inteligente sentido del humor y con un anecdotario que engancha fácilmente, durante la hora y media que estamos conversando repasamos la carrera profesional de Fernández Mallo, que va desde la física a literatura, haciendo incursiones en el mundo de la música con su grupo Frida Laponia o las sesiones de spoken word que realiza con Eloy Fernández Porta. Descubrimos la fascinación de Agustín por la obra de Robert Smithson, lo aburrido que le parece viajar y el insomnio que padece y que solamente arregla con la excitación que le produce una nueva idea o proyecto.

    Lo primero que hice nada más nos diste tu dirección de casa, fue meterlo en Goople Maps para comprobar si coincidía con la dirección del personaje músico y escritor mallorquín de Limbo, pero vi que no… Aún así en mi cabeza no puedo dejar de asociaros, ¿cuánto tiene ese personaje de ti?

    Siempre, cualquier personaje, tiene algo del autor. En este caso, tanto tiene de mí el personaje músico masculino del libro como el personaje femenino que está secuestrado, aunque evidentemente yo no sea mujer ni nunca haya estado secuestrado. Creo que no es posible escribir de algo que no esté en ti, es decir, nunca escribes de algo ajeno, puede que lo transfigures etc, pero siempre tienes que escribir de algo que previamente está en ti. Y puede que el personaje femenino secuestrado, sea igual que yo pero en mujer, quiero decir que -incluso si hablas de extraterrestres- estás tú allí. Sí que es verdad que a veces echas mano de detalles biográficos, y en este libro hay detalles que sí son verídicos. Por otra parte, cuando uno intenta crear un clima, un hábitat mental donde se sienta cómodo y acogido por sí mismo, esto ocurre con más frecuencia en los lugares que ya conoces. Por tanto, sí, hay ciertos detalles y cierta sensibilidad en la mirada que son reales.

    Con Limbo he tenido que recurrir miles de veces a Google para comprobar qué es el sonido del fin del mundo, ver si existe el festival chino de Benicassim o profundizar en los sádicos experimentos de Josef Mengele. Hay un constante poder de extrañamiento en tus libros, ¿cuál es tu materia prima?

    Has dado en la clave cuando hablas de extrañamiento. Es una palabra que la tengo fijada desde que empecé a escribir, me estimula mucho que mis personajes y yo mismo, supongo, tengan esa mirada extrañada respecto al mundo. Esto no significa estar pensando en cosas totalmente inverosímiles, ni en ciencia ficción ni tener que ir a los desiertos más lejanos a buscar lo más extraño, no tiene nada que ver con lo extraño, sino que el extrañamiento consiste en tener una mirada extrañada respecto a la cotidianeidad, es decir, que cogiendo un objeto cualquiera –un boli- haya alguien que sepa girarlo y te haga ver otras capas de realidad que tiene ese objeto común. Yo parto de mi mirada, pero miro mi cotidianeidad como si fuera un extraterrestre, definiendo las cosas casi como por primera vez. Para mí, crear es comportarse como un extraterrestre en tu propio planeta para hacerles ver a los demás otras realidades. Por tanto, mi materia prima es mi cotidianeidad más absoluta: mi casa, lo que veo por televisión, lo que leo… y nunca busco demasiado, espero a que las cosas lleguen a mí.

    Respecto a lo que me comentabas de Google, entiendo que te lleves muchas decepciones cuando googlees cosas y no te aparezcan, porque la mitad de las cosas son inventadas, y curiosamente, las que parecen inventadas son verdad. En este sentido, hay una cosa de la creación que me interesa mucho, y es partir de algo inverosímil, absurdo, darlo por cierto y a partir de ahí empezar a construir un relato. Para mí, esto significa el ilusionismo, la parte esencial de la creación.

    Has estado en México promocionando Limbo, tu cuarta novela. ¿Qué tal ha sido la acogida?

    Muy buena, en México mi literatura tiene bastante predicamento. Además, les llamaba la atención que un español se fijara en una cosa tan común para ellos como son los secuestros, lo tienen tan asumido, es algo tan tratado que les cuesta entender que para alguien ajeno a esa realidad, no sea tan evidente. Al mismo tiempo, les parecía muy interesante el hecho de que alguien de fuera tuviera esa óptica de no tratarlo de una manera violenta, escabrosa, de darle otro enfoque. Yo temía un poco la reacción, pero la verdad es que lo han acogido con mucha sensibilidad. Es curioso, porque de hecho este es el pasaje que menos me costó escribir del libro, me senté a ello y en tres días ya lo tenía. No me documenté nada, lo hice a través de mis recuerdos, sensaciones, fue un invento. Por el contrario, y por muy contradictorio que parezca, el relato de los músicos mallorquines me costó mucho más escribirlo, creo que cuando sabes mucho de algo puede ser un impedimento para crear, pues aparece el problema de qué descartas.

    Si de verdad existe un personaje real en tu novela es tu amigo Joan Feliu, tu compañero de grupo en Frida Laponia.

    Es algo difícil, porque primero, lo conoces; segundo, tienes una relación personal con él, y tercero, además es una buena relación personal. Es un encaje de bolillos, y sí, es delicado cuando escribes sobre alguien que conoces. Además su personaje tiene mucha presencia, toma decisiones importantes y siempre está ahí.

    Me ha encantado ir descubriendo los nexos entre las tres historias que relatas, esos encuentros fortuitos entre los personajes, en la temática.

    Llegó un momento en la novela en que quise crear una ruptura para darle una vida paralela a los personajes, es decir, crear un juego para dar a entender que podría ser otra persona, o no. La idea de la metamorfosis, de los cambios, es un juego muy lynchiano y que me obsesiona mucho, creo que de hecho las artes valen justamente para esto, para dar cuenta de los procesos, y uno de los procesos es el cambio de identidad o la modificación de las identidades. Me apetecía hacer esto, y crear con ello un ambiente de extrañamiento.

    ¿Cuál es la semilla de Limbo?

    El desencadenante, claro que por aquel entonces no lo sabía, se sitúa en verano de 2011. Estoy en Guatemala haciendo la promoción del libro El Hacedor (de Borges) remake, y estoy en la habitación del hotel, como siempre, porque no me gusta nada viajar, abrí el cajón de la mesilla de noche y encontré el Nuevo Testamento, no la Biblia, sino el Nuevo Testamento que es algo muy común en Latinoamérica y Estados Unidos. Empecé a ojearlo, a leer sus pasajes y me di cuenta de que como estructura es un libro súper moderno, me parece alucinante la idea de que sea un remake, de un remake, de un remake de la vida de alguien, que sea un libro colectivo, que lo abras por cualquier página y la lectura tenga sentido, como una literatura post, de blog o microcuento. Entonces caí en la cuenta de que lo que tenía entre manos era algo brutal. De este modo, pensé que me gustaría escribir algo sobre ello, y esa misma noche empecé a escribir las primeras páginas, sin saberlo, de Limbo. La mirada extrañada de la que hablábamos antes la encontré en un objeto tan cotidiano como el Nuevo Testamento.

    Hace poco cayó en mis manos un libro de fotografía al que le habían añadido preciosos poemas y una música para acompañar a las instantáneas. ¿Qué imágenes y música acompañarían a Limbo?

    En Alfaguara me pidieron que pensara en una banda sonora para el libro, e incluí un par de canciones de Frida Laponia, con dos canciones que funcionaban muy bien, también incluí a Magnetic Fields, al padre de la música, Johann Sebastian Bach, a quien podría estar escuchando a todas horas, y temas tan abstractos como el que publicó David Lynch junto con Sparklehorse, con una canción de ambientes extremos, etc. Lo que tengo claro es que sería una música que tendiera al ruido, una música ruidista y lo menos pop posible. Con las imágenes me parece mucho más difícil…hay partes del libro en los que estaba pensando en Turner, Friedrich… Todo lo que maneja la idea de lo sublime que en el libro está muy presente. Las imágenes clásicas me venían muchísimo a la cabeza mientras escribía el libro, también Robert Smithson, quien planea sobre todo lo que hago.

    Uno de los rasgos más comunes de tu escritura son las referencias musicales y cinematográficas contemporáneas que muestras, vídeos de Youtube, cruzar de costa a costa Estados Unidos escuchando a Eels o una escena de una película de Jim Jarmusch. ¿Te consideras un escritor pop?

    Vamos a matizar. Tal y como yo lo veo, mi literatura es algo que funciona internamente como una red, no hay una jerarquía tipo arbórea, es más bien rizomática. Esto no quiere decir que yo trabaje la cultura pop, sino que en mis novelas, si tengo que poner en conexión un elemento de la cultura pop con un elemento de la alta cultura porque creo que la metáfora interna funciona, la voy a poner sin ningún prejuicio, y la voy a poner al mismo nivel jerárquico dentro de la novela. Esto puede llevar a pensar que mis novelas son pop, pero lo niego absolutamente, mis novelas también están llenas de alta cultura. Y desde luego nunca he querido dar una imagen de escritor pop, o de escritor que trabaje la baja cultura, todo lo contrario, en mis novelas también hay argumento, refinamiento estético, hay referencias a Caspar David Friedrich, por ejemplo, lo que pasa es que lo pongo en conexión con un anuncio de un coche de BMW. No es que yo hable del mundo pop, sino que lo pongo en conexión con la alta cultura, y viceversa. Y justamente este es el hallazgo, o la novedad. Toda obra, sea del ámbito que sea -ciencia, cultura…-, que ha perdurado y ha sido relevante para una sociedad en un momento determinado, es aquella que toma un elemento de la supuesta baja cultura y la combina con el mundo de la archivística valorizada de tal modo que pasa al archivo o viceversa, es decir, lo que era cultura valorizada se mezcla con la cultura popular y se populariza.

    Dame un ejemplo de esto.

    Hay miles de ejemplos, desde el urinario de Duchamp, al pensamiento de Marx que toma de la alta cultura la complicada filosofía hegeliana y la combina con una aplicación al mundo obrero, o Freud que toma…

    Fotografía: María Platero

    1 diciembre, 2014 0 comment
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