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Antonio Lobo: «El fundamento de la colección son los artistas que hay detrás»

11 junio, 2015

Entramos en casa del coleccionista Antonio Lobo

La imagen que solemos asociar a los coleccionistas de arte es la de personas impulsivas, gobernadas por un deseo irrefrenable a la hora de comprar una obra. Sin embargo, nada más lejos de la estrategia de Antonio Lobo. Él es responsable, reflexivo y calculador. En este sentido, si se me permite la licencia, su apellido podría convertirse en un calificativo positivo si pensamos en las manadas de lobos como uno de los grupos más organizados que existen, los cuales eligen siempre los momentos clave antes de cazar a sus presas con técnicas que han adquirido a lo largo del tiempo. Así es precisamente como actúa Lobo, a través de la experiencia, uniendo pequeños momentos premonitorios hasta llegar a adquirir una pieza.

Siguiendo con la analogía, los lobos se caracterizan por su necesidad de trabajar en grupo, ya que si lo hicieran por separado probablemente morirían de hambre. Está concepción de ayuda, retroalimentación y dependencia para la subsistencia tiene también mucho que ver con la ideología del coleccionista en el desarrollo de su labor. Lobo entiende su papel directamente interrelacionado con los agentes con los que trabaja: sobre todo artistas, pero también galeristas, comisarios y público. Con los primeros establece un vínculo tan estrecho que, de alguna manera, podría ser el equivalente a un seguro a todo riesgo para sus obras. Si les pasara algo, la relación que mantiene con los creadores, en algunos casos de amistad, facilitaría su reposición. De igual manera, su apoyo incondicional hacia los artistas en los que cree es manifiesto y no vacila en defenderles cuando la situación lo demanda. Prueba de ello son pequeños gestos como la creación de unas chapas respaldando la obra de Eugenio Merino. Con el resto de intermediarios del mundo del arte el compromiso también es explícito: confianza plena en sus galeristas, colaboraciones con comisarios, acceso a su colección para todo aquel que desee verla.

¿Cómo haces frente a una afición tan obsesiva?

Cuando me encuentro en un espacio que me supera tanto, intento racionalizar a través de los libros, ellos me ayudan a comprender la anomalía que supone el coleccionismo. Es algo que se repite a lo largo de mi caminar. Primero fueron postales, cuando llegué a Madrid azucarillos, más tarde tazas de té, guías, lápices de museo.

¿Qué relación existe entre coleccionar azucarillos y arte? ¿Es el deseo de luego mostrarlo?

Más que de querer enseñarlo, es el hecho de que tengo muy claro el fin. Cuando coleccionaba las postales quería tener todas las postales de Semana Santa de Sevilla, con los azucarillos me dedicaba a coger el metro y visitar las cafeterías más referenciadas y una vez allí pedir un cortado con dos azucarillos -uno para el café y otro para la colección- e irme. Puede resultar ridículo, hay veces que empleaba una hora, pero cuando tengo un objetivo, sobrepaso cualquier límite.

La gran diferencia con el arte es que en este caso la colección no llega a ser del todo tuya. Así lo expresaba hace poco una coleccionista alemana, que en las fechas cercanas a ARCO expuso su colección en la Fundación Banco Santander en Boadilla del Monte, sobre la que estuve leyendo. Decía que el arte le produce una sensación de contraste porque se mueve entre el placer de poseer lo que desea y la consciencia de que nada de lo que tiene le pertenece. Yo me ubico en ese mismo parámetro, toda mi colección está en casa y la disfruto, pero mi intención es entregarla en un momento dado y compartirla en un espacio con el resto de la sociedad. El hecho de que esté aquí conmigo es transitorio. Frente a otros coleccionistas que practican casi una ocultación maquiavélica de lo que tienen, a mí me gusta vivir y mostrar mi colección, es lo que me genera emoción.

¿La cederías a un museo?

La verdad es que no me convence la idea de dejarlas en depósito en una institución porque no creo que estemos a la altura de otros museos internacionales, como los americanos por ejemplo. Además lo mío es una colección emergente que va consolidándose poco a poco, pero para que algo sea realmente representativo en el mercado y atractivo para un museo tiene que pasar tiempo. La colección ETRA tiene nombre en estos momentos, pero todavía no es un referente.

¿Y si te solicitaran tan solo una pieza?

No, para nada, no me gusta la idea de dispersar la colección. Me gusta la idea de que sea un grupo y que yo pudiera gestionarla en un espacio propio. Sólo el hecho de quitar una pieza de su sitio para poner otra supone un trauma, como para hacer que se la lleven… En ocasiones me planteo hacer cesiones a conocidos que sé que van a custodiarla de manera correcta, como galeristas y gente de confianza, pero al final no me termina de cuajar, probablemente porque a mí me da miedo, y a ellos también.

¿Cuál es la esencia de una colección?

Para mí, el fundamento de la colección son los artistas que hay detrás. Como coleccionista establezco un vínculo a perpetuidad con el artista, por eso me interesa conocerle y que me facilite información. Esto tiene un beneficio añadido muy bueno y es que, soy tan amigo de ellos, que si el día de mañana le pasara algo a alguna de las piezas, sé que no tendría ningún problema en recuperarla, salvo en el caso de ser piezas únicas.

A la hora de comprar, ¿qué es primero, la obra o el artista?

Siempre primero el artista, aunque llegue a él porque me llame la atención una obra. Es decir, me fijo en una obra que me remite a un artista, me quedo con su nombre y empiezo a investigar sobre él. La pieza es lo de menos porque viene dada por un contexto. Si me gusta, lo siguiente es establecer contacto con el creador. Hoy en día es muy fácil a través de las redes. Para mí es fundamental el feedback con el artista y que me convenza realmente la obra.

¿Siempre piensas las piezas integradas en un conjunto?

Sí, a eso me refiero cuando hablo de que parece que comisarío mi propia colección. Son tantos los matices que hacen que una pieza entre a formar parte de ella que a veces me siento superado. La colección ha ido marcando su camino ella sola, lo que pasa es que ahora la racionalizo y la domino, me doy cuenta de que lo que me faltaba por descubrir era la evolución en la mirada y una cierta apertura mental para ”ver” determinadas cosas a las que hace cuatro años ni siquiera hubiera prestado atención.

¿Vas descubriendo lecturas con posterioridad?

Absolutamente. Lo bueno es que el diálogo ficticio entre ellas y yo es completo. De hecho, una de las cosas más bonitas que ocurren es que después de haberlas guardado, te olvidas y cuando las desempaquetas, sientes la misma emoción que tuviste el día de la compra. La memoria se actualiza. Me pasó con la pieza de Diego de Pozo, de repente recordé que es como una ventana abierta, ilumina el espacio que tiene a su alrededor. Uno de los mejores momentos es quedarte en soledad en casa y de pronto fijarte en la obra, se desvanecen todos los problemas. Este tipo de sensaciones es algo que no se puede transmitir al público general. Por ejemplo, el otro día fui a ver la exposición de Luciano Fabro en el Palacio de Velázquez y me entraban ganas de zapatear del placer que me recorría ante lo que miraba. Sin embargo, la gente se reía a carcajadas ante lo que colgaba de las paredes. A veces eso me termina soliviantando, porque no sé si soy distinto o raro. Soledad Lorenzo hablaba de la psicología de la mirada. Saber mirar es algo fundamental, en la vida, pero sobre todo en el arte.

¿Crees que la mirada en nuestro país está poco educada?

De alguna manera, la sociedad se ha adecuado a la realidad contemporánea y sin embargo el arte se ha quedado ahí estancado, cuando no ignorado, muy poca gente lo entiende. No sé si es falta de interés o simplemente que hemos pasado de ser un país analfabeto en la época de la dictadura a ser un país inculto, que me parece aún más complicado porque no es cuantificable. Antes podías saberlo con la gente que no sabía firmar, pero ahora es más difícil. Además estamos asentados en la cultura de la gratuidad que también ha afectado al esfuerzo que requieren las cosas. Yo leo muchísimo sobre arte contemporáneo y visito foros, ferias.

¿Esto ha sido así siempre?

Antes de empezar a coleccionar el arte estaba presente, aunque fuese desde otros enfoques. En Sevilla a través de la Semana Santa me acercaba a las escuelas de imaginería, de orfebrería, visitaba el Museo de arte de la ciudad, y buscaba las piezas de Valdés Leal, de Murillo, etc. En casa, mi padre compraba revistas de decoración francesas, y las leía gracias a un cuadernillo central en castellano. Cuando me independicé y me trasladé a la capital, mis paseos por el Prado eran habituales, invertía jornadas enteras entre sus salas. Empecé a viajar y a incluir las visitas a museos y centros de arte como algo cotidiano entre los planes del viaje. Yo creo que sin ese bagaje cultural propio no podría estar en la posición que ahora estoy. Cuando alguien me comenta que quiere empezar a coleccionar, mi consejo siempre es el mismo, no comprar nada durante el primer año y que se dedique sólo a mirar, a visitar, y a leer sobre arte, y sólo cuando veas que eso que estás investigando te seduce, lánzate.

¿Piensas mucho lo que compras?

Me muevo en el mundillo del arte emergente y no soy un perfil de coleccionista invitado a ferias, simplemente porque no compraría algo por el mero hecho de que me guste. También es cierto que de esta forma no me arrepiento nunca. Un amigo coleccionista más mayor me dijo que las colecciones son importantes no por lo que muestran, sino por lo que ocultan. Si tienes una colección de 100 piezas y puedes mostrar 80, es una colección exitosa. Si la tienes de 3000 y solo puedes enseñar 1000 es un error porque significa que has comprado un montón de cosas que con el tiempo han dejado de emocionarte. A mí esa forma de comprar no me interesa, quizá también por mi situación. No soy un profesional liberal que de repente ingrese en su cuenta grandes cantidades de dinero, yo tengo un sueldo del que me gasto casi el 50% en arte. Probablemente esta limitación desde el punto de vista económico hace que me piense mucho que es lo que compro. Con un matiz importante añadido: lo que compro tiene que encajar de forma absoluta en el conjunto. Cuando visualizo algo nunca lo hago de forma individual, sino integrado en una colección que ya está constituida.

El concepto de coleccionista impulsivo no va contigo.

No lo soy ni me interesa. A mí lo que más me seduce es descubrir un nombre y valorarlo antes de que comience a hacerlo el mercado, ese es el verdadero éxito del coleccionista tipo que yo tengo en mi cabeza. Por ejemplo, hace tres años fui a Circuitos y vi unas piezas de Rafa Munarriz, un año más tarde aparece en el mercado, con la mala suerte de que su galería Eva Ruiz cierra. Y de pronto dos más tarde, este año, me lo encuentro de forma fortuita en ARCO, en la galería Perianes y eso me parece fascinante. El vínculo de amistad que establecí con él, que nació del interés por su trabajo, es lo que hace que sus éxitos sean un poquito mis éxitos y sus fracasos sean un poco los míos. Después, cuando la obra entra en casa trasciende el mero formato de una pieza. Por eso lo que tú ves no tiene nada que ver con lo que veo yo. Tú ves una pieza que puede tener un nombre y una significación y yo veo una experiencia vital.

El arte está de manera permanente en tu vida.

Yo tengo mucha memoria. Te cuento algo que cuando lo cuento muchos sonríen, pero hay veces que cuando abro el ojo y despierto lo primero que me devuelve el subconsciente es una obra de una exposición que vi hace años. Hay obras que vi, se perdieron en la memoria, y de pronto una mañana me levanto, las recuerdo, y comienzo a indagar en internet y cierro la venta. Como tengo un histórico a nivel de imágenes muy fuerte me permite generar links muy fácilmente.

¿Y las relaciones que estableces?

Genero una especie de red de confianza con los artistas en la que ellos pueden contar conmigo y yo con ellos. De igual forma también es muy importante el apoyo de los galeristas, esto hace que sucedan cosas sorprendentes. Un ejemplo: había una pieza de Carlos Aires que llevaba persiguiendo años y cuando cerré la compra con ADN, su galerista, Miguel Ángel, me llamó y me dijo “Va a ir a llevártela Carlos Aires”. Casi me desmayo, alguien que tenía referenciado en mi imaginario de repente iba a presentarse en mi casa.

Me gustaría si te apetece y te parece bien hacer un pequeño recorrido por las obras que se me antojen dentro de tu casa. Nada de hacerte elegir, tranquilo.

Mountain de Anthony Arrobo.

Más que la pieza yo conocía al artista. Espacio OTR siempre ha sido un lugar donde descubrir nombres. Fue allí donde vi una obra suya y también le conocí a él gracias al artista Marlon de Azambuja, ambos me interesaron mucho. Entonces me puse a investigar y decidí que quería comprar algo, estaba indeciso entre esta pieza y otra que consistía en un vaso en el que el artista había ido recogiendo sus lágrimas durante un año. Ocurrió en los previos a ARCO, y así descubrí que No Mínimo, su galería de Guayaquil, participaba en JustMadrid. Mi problema fue que en ese momento no podía pagarlo y para la galería ecuatoriana yo no era un coleccionista conocido. Me presenté y le dije a la galerista: “Soy coleccionista de Madrid y quiero una pieza de Anthony pero en estos momentos no podré hacer frente al pago, deberías esperar algún tiempo para poder formalizar la compra”. Aprovechando que ese año organicé mi primer Open House, la invité. Vino a casa, le expliqué el proyecto, vio la colección y al marcharse me dijo “Anthony debe estar en esta colección”.

Aunque me tira muchísimo el arte conceptual, recibir esta pieza hizo que me pusiera a prueba a mí mismo. Recibir una caja que contenía las cenizas de un bonsái sin más, algo que podría haber hecho yo pero no fue así. De hecho, la mejor definición de arte contemporáneo es eso precisamente: “Esto lo podría haber hecho mi hijo”. Ya, claro, pero no lo hizo. Enlazando con la generosidad de los agentes del arte, Raquel Ponce me ofreció el transporte de la pieza a través de uno de los artistas que comparte galería con Anthony, José Hidalgo Anastasio que estaba exponiendo en Ponce+Robles. Tras la anécdota de la hora que esperó la caja de cenizas en la aduana, Raquel me regaló la peana que soporta la obra. Y gracias al pago por una colaboración con la comisaria Carlota Lo para La Térmica, conseguí la urna que la protege, y para rematar fue el propio Anthony quien vino a montarme la pieza a casa. La obra me fascina, el hecho de recrear una montaña, que es donde crecen los árboles, con el desecho de un incendio, me parece una metáfora absoluta.

A escondidas de Núria Güell.

Llevaba viendo referencias del trabajo de Nuria durante mucho tiempo sin saber que era de ella, y de repente le perdí la pista y volví a encontrarla cuando la fichó la galería ADN. Leí un artículo en El Cultural. Me gustó muchísimo, llamé a Miguel Ángel y enseguida cerramos la venta de la pieza, que era además una de las que pensaba llevar a ARCO ese año. Lo que más me interesa de Nuria es que, como dice Rafa Doctor, no es una artista al uso, sino una verdadera activista. Lo que ella hace dentro del ámbito del arte no es ilegal, pero fuera de él sí lo sería. Y creo que ahí está precisamente el valor de ese activismo. Ha sabido encontrar una grieta en el sistema donde se protege del mismo mientras lo ataca directamente. Esto enriquece notablemente sus piezas. La obra se llama A escondidas y consiste en el registro fotográfico de una acción en la que trató de evitar la salida del país de un inmigrante que iba a ser expulsado por no tener papeles. Núria le contrató para jugar al escondite en la sala de exposiciones con el público asistente. La obra está formada por una imagen de la acción, el contrato y el pago. Y el inmigrante es un residente legal en España a día de hoy, creo.

Palacio Real de Daniel Silvo.

Es una litografía antigua del Palacio Real intervenido infográficamente, añadiéndole bloques de viviendas sociales. La vi en ARCO hace un par de años en el stand de Marta Cervera, y me encantó, pero no había presupuesto para comprarla en esa edición así que me olvidé de ella. Con el tiempo, Daniel Silvo me invitó a participar en una performance dentro de su proyecto Casa, búnker, ruina en la que tuve que recrear dos de mis piezas en la pared. Una vez realizada la performance, Daniel me dijo que mi ayuda desinteresada tenía una contraprestación, fue entonces cuando recordé aquella pieza que había visto hacía ya 3 ediciones de ARCO. Se lo comenté y respondió: “es tuya”. Lo mágico de la colección son todos estos entresijos.

Blank Posters de A Kassen.

Es una obra que veía todos los viernes cuando iba a hacer la compra y pasaba por delante del escaparate de la galería Maisterravalbuena. No me atrevía a entrar porque me daba la impresión de ser una galería muy seria y yo pasaba por allí con el carrito lleno de verduras y acelgas. Al final acabé topándome con ella en ARCO y no lo pensé. Me acerqué a los galeristas, ahora amigos, y les dije “me la voy a llevar porque llevo observándola durante dos meses”. “Pero si no te conocemos”, respondieron asombrados. “Ya, pero yo a ella sí”. Gracias al encuentro inesperado en ARCO, puedo seguir disfrutando de su visión cada día.

They taught me how to love it III de la serie Love is in the air de Carlos Aires.

Conocía a Carlos Aires por referencias y siempre me había gustado. Esta obra estaba en JM, una galería de Málaga. Crucé algún email con los galeristas, manifesté mi interés, pero se quedo ahí la cosa, porque no tengo coche y el traslado en tren me pareció complicado. Más adelante, cuando los lazos con ADN comienzan a hacerse más fuertes, le comenté el interés por las piezas de la serie en cuestión. Aires fue invitado a hacer 3 imágenes que serían presentadas en vallas publicitarias giratorias a las afueras de Viena, con motivo de la celebración de la presidencia de Austria en la Comunidad Europea. Es una de las imágenes en la que aparecen Bill Gates, Georges Bush, la reina Isabel II de Inglaterra y Jacques Chirac semidesnudos y en una postura comprometida. Estas imágenes estaban en unos soportes que se elevaban mientras sonaba la canción Love is in the air. y así fue como la adquirí. Lo mejor es que me la vino a traer el mismo Carlos Aires y está dedicada, como me pasa muchas veces. Todos los días me saca una sonrisa cuando entro dormido en el baño. Entre risas al instalarla, Carlos me comentó que le parecía divertido que la otra copia también estuviera en un baño de un coleccionista ubicado creo que en Bruselas.

Camino I de Esther Mañas.

Vi esta obra en una galería ya desaparecida que se llamaba Marina Miranda. Con el tiempo descubrimos que la artista era profesora de interiorismo en una academia a la que fue a estudiar mi pareja, Benjamin. Así nos hicimos amigos. El mundo es muy pequeño. Fue la primera obra, ahí comienza todo.

Así que lo primero fue un collage.

Yo empecé a coleccionar papel, sobre todo dibujo porque era el formato más económico y un formato que me seduce especialmente.

David de la serie Igualito que su madre de Germán Gómez.

En el 2006 se hizo una exposición en el Jardín Botánico para conmemorar el aniversario de la movida. Es allí donde descubrí la obra de Germán Gómez a través de sus recortados, además de a mí mismo como coleccionista. Empecé a investigar y en seguida tuve claro que quería adquirir algo de él, no me importaba que fuera una pieza antigua como es el caso de la obra que compré. La madre de Germán es peluquera y no creía que su hijo pudiera sobrevivir siendo artista, así que le animó a que aprendiera su profesión. La fotografía es una recreación de amigos artistas con el estilo de pelo de su madre. En este caso el retratado es David Trullo con el peinado de su madre, acicalado por Gómez. Yo veo algo burdo, como de travesti, que le da potencia. Me parece mágica y me da una paz brutal.

La compra de la pieza también tiene su historia. Cuando fui a la galería Fernando Pradilla le pedí la información de la misma imagen que me interesaba pero con camisa blanca. Marielo, la galerista, no sabía de lo que le hablaba, pero yo tenía un libro en donde la foto aparecía como yo lo contaba. Llamó al artista y este corroboró que así era. Resultó que Trullo se había presentado el día de la foto vestido con una camisa blanca y por eso la primera foto se disparó con ella. Después la negrura era lo común y pienso que fundamental en la pieza, así que Germán recurrió a la técnica para unificar la serie. Es un juego simpático y curioso porque al final yo descubro al galerista algo y él me descubre algo a mí, esta circularidad me gusta mucho.

Make me happy, make me sad de Iván Argote.

Argote es un artista colombiano que descubrí en una exposición colectiva que tuvo en el CA2M de Móstoles. Me sedujo muchísimo pero al principio era más que inaccesible porque tenía exclusividad con la galería Perrotin. Con el tiempo acabó en una muestra colectiva en ADN dentro de la iniciativa de Jugada a 3 bandas y empezaron a colaborar. Esta obra es una pieza muy especial que sólo hace para coleccionistas, consiste en un billete doblado que según como lo mires, la cara está triste o no. Es un juego que se hace en EEUU. Estuvimos valorando hacerla con un billete español, pero en los billetes españoles apenas hay caras, sólo se podía utilizar un billete de 5.000 pesetas con la cara del rey Juan Carlos, pero ya estaba en una colección danesa. También fue todo un reto comprar un billete que tiene un valor en sí mismo y al ser intervenido artísticamente adquiere otro completamente diferente.

Háblame de la única excepción a la colección, el Christo.

Pues verás, es el resultado de bajar a la calle a comprar una botella de aceite de oliva, tal cual. Fui a la inauguración de Christo en una galería que ya cerró y me dijeron que estaba todo absolutamente vendido. Sin embargo, como soy muy tenaz, no me quedé tranquilo y me volví a pasar un día que bajaba a comprar una botella de aceite de oliva. Cuando pregunté me dijeron que tenían dos obras de alguien que las reservó y no se las llevó, así que no lo dudé. De esta manera se va forjando la relación entre el arte y lo cotidiano. Cuando volví a casa y toqué el portero automático le dije a mi pareja “no traigo el aceite de oliva, pero traigo un Christo”. La compra de esta obra fue muy al principio, cuando nada estaba definido, por eso es una excepción y siempre será así.

Supongo que ahora tienes las cosas mucho más claras.

Sí, aunque soy súper anárquico en mi caminar, dejo que me aconsejen pero mis obras solo las encuentro yo. Cuando me llama un galerista y me dice “tengo una obra perfecta para ti”, le sigo el rollo, pero sé que no es para mí. Necesito mi propio proceso de búsqueda, puedo llegar a ver alrededor de 700 u 800 portfolios a lo largo de un año, de los cuales se quedan unos tres nombres en una lista. Probablemente estos nombres volverán a salir en un momento determinado, se podría decir que lo que hago es tejer futuras colaboraciones.

Mi sueño es tener un espacio que muestre el arte hecho a partir de 1970. Si estuviésemos en Estados Unidos probablemente habría encontrado un socio capitalista para poner el dinero para albergar mis obras, pero estamos en España. En eso soy muy crítico, pero es que no hay ni un museo que te muestre lo que se está haciendo ahora mismo.

¿Estás poniendo en marcha algún tipo de procedimiento para llevarlo a cabo?

Es súper complicado y no lo veo como algo inmediato, sino dentro de 10 o 15 años. Lo que sí me gustaría, y esto es algo que hablo mucho con comisarios, es que alguien se atreviera a comisariar una colección muy al principio, una a medio camino y una gorda. Así se vería que llegar a una colección potente es el resultado de un caminar.

Me parece muy interesante que colecciones que no están muy consolidadas se puedan exponer, al fin y al cabo toda colección comienza con una obra, así iniciarían su andadura grandes nombres como Pilar Citoler o Helga de Alvear. Hoy en día solo hay interés en mostrar colecciones gigantescas que lo que propician es que la gente vaya a verlas con distancia. No se muestran colecciones a medio camino cuando en realidad sería muy provechoso, el público vería otras formas de coleccionar y que es posible hacerlo sin tener grandes cantidades de dinero, sino sabiendo lo que estás comprando.

¿Cómo se llega a reconocer arte?

Primero hay que hornear la base, si no no te sale la tarta. Informarse, leer, visitar. Un artista no crea arte, hace algo llamémosle objeto. Sólo cuando ha sido sometido al juicio del galerista y posteriormente al de críticos, comisarios y coleccionistas empieza a ser arte.

Ha llegado a mis oídos que estás trabajando en un comisariado. ¿Qué me puedes contar?

Surge a raíz de que me pongo enfermo, lo pongo en Facebook y Marta Moriarty me pregunta si es posible visitarme. Vino a mi casa y estuvo viendo la colección, durante el café hablamos de cómo yo sentía que comisariaba una colección que curiosamente era la mía. Entonces me lanzó una propuesta: “¿Te atreverías a comisariar una exposición en mi galería?”. Le dije que sí, si me daba tiempo. La fecha está fijada para finales de año, es decir me daba 13 meses para organizarlo. Y dije sí. Por otro lado, esto ha derivado en que se va a convertir en algo continuado, la última exposición de la temporada será comisariada por un coleccionista. Yo seré el primero.

¿Realizarás la muestra con obras de tu propia colección?

No, lo que sí estuvimos valorando es incluir alguna de ellas, pero al final desestimamos la idea porque pensamos que me condicionaría demasiado y lo que quiero es un abanico más amplio. He interpretado la propuesta como alguien que me deja su espacio para colgar obras que me gustaría tener en la colección realmente, obras que me encantaría tener pero por diferentes vicisitudes no es posible. Habrá artistas de referencia, piezas que se me han quedado en la memoria durante los paseos por galerías y un discurso que será continuidad de la propia ETRA.

¿Crees que podría ser criticado?

Me lo planteo y pienso ¿por qué no iba a poder comisariar un coleccionista o coleccionar un crítico de arte? En realidad, para mí no es hacer nada diferente de lo que hago día a día. Consiste en ver el mercado y seleccionar algo que encaje en el conjunto que yo desarrollo. Así que lo que voy a hacer es una especie de extensión de la ETRA en un espacio comercial pero con total libertad. Marta me ha dicho “haz tuya la galería porque lo que va a haber es obra que tú quieres tener en tu proyecto imaginario”. Me va a permitir salvar todos los obstáculos, no sólo económicos, sino a nivel de espacio y de realizar propuestas un poco más arriesgadas.

Hablabas antes de que supuso una prueba comprar una obra tan conceptual como la de Anthony Arrobo. ¿Qué me dices del vídeo, te limita el formato?

No, para nada. Aunque sólo tengo un vídeo de Esther Achaerandio [Afirmaciones para atraer el amor (Love affirmations)], una de las próximas obras que tengo precisamente en mente es un vídeo de Ignacio Uriarte del 2006.

¿No sería la primera obra del autor, no?

No, de Ignacio tengo Moleskine II que es una pasada y también tiene su historia. La vi en la última edición de Domésticos y contacté con Nogueras Blanchard muchas veces, pero la idea se perdió en la memoria. Finalmente, el mismo ARCO donde adquirí en Maisterravalbuena la pieza de A-Kassen fui al stand de la galería interesado en comprar un vinilo de Juan López y pasamos al almacén para verlos. Según entré le dije a la galerista “deja lo que estás buscando porque quiero esto”. Juan López siempre me lo recrimina, pero él también tendrá su lugar. Yo lo que no tengo es prisa, en mi cabeza tengo ya el conjunto hecho.

¿Qué nombres resuenan ahora en tu cabeza?

Por ejemplo, en este último ARCO me he encontrado con un artista que hace esculturas lumínicas que se llama G.T. Pellizzi en la galería Y Gallery de Nueva York. De la exposición de Daniel Silvo por ejemplo, Felipe Arturo y José Olano. También me encantan los chicos de El Banquete.

Veo que el arte latinoamericano está muy presente.

Pienso que es la siguiente explosión en el arte, primero fue Londres, después fue Nueva York que es donde seguimos, pero creo que lo siguiente va a ser Hispanoamérica. Hay una ebullición a punto de eclosionar, por eso me interesan tanto las referencias hispanas.

¿Por qué tu colección es mayoritariamente española?

El fin último de la colección ETRA es mostrar el mejor arte español desde finales del siglo XX en adelante y esta es la línea discursiva que pretendo seguir. Quiero ver cómo respondieron los artistas que se integran en ella a los mismos referentes que yo viví. Eso sí, no existe limitación alguna a nivel de nacionalidad, de hecho en ella conviven artistas americanos, muchos sudamericanos, y también un par de europeos, pero fundamentalmente españoles. Además pienso que por mi particularidad en cuanto a la forma de decidir los nombres, y mi casi necesaria relación de tú a tú con los artistas y galeristas, la Península es mi territorio de “caza”.

Fotografía: Celia de Coca

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