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Cazando sombras

11 enero, 2016

La ilusión del Lejano Oeste se ha presentado entre noviembre y febrero en el Museo Thyssen-Bornemisza. Se trata de una exposición que tiene como objetivo contextualizar algunas de las obras de las colecciones del siglo XIX, pertenecientes al museo, así como a la colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el mismo. La exposición presenta un conjunto de imágenes del Lejano Oeste -el Far West- poco conocidas por el público español, que matizan o complementan aquellas que han dominado a través de la cultura popular, especialmente imágenes cinematográficas y literarias. Para ello, el comisario, Miguel Ángel Blanco, ha reunido no sólo obras pictóricas de éstas y otras colecciones, sino un conjunto heterogéneo de imágenes y de cultura material. Cabe señalar que el Lejano Oeste constituye más un imaginario que un territorio y que, como tal, se trata una formulación interesada que puede ponerse en relación con otros constructos imaginados, como el analizado por Edward Said en su clásico libro Orientalismo. En este sentido, el discurso de la exposición quiere articularse alrededor de la noción de ilusión, con el ánimo de poner en evidencia una posición consciente de las prácticas visuales coloniales.

A pesar de este prometedor punto de partida, la exposición no logra deshacerse de la matriz colonial que sustenta el conjunto de imágenes y objetos que nos presenta. Si bien la ampliación de los materiales ayuda a establecer comparaciones, señalar diferencias y tratar de hacer más compleja la aproximación a las imágenes, el discurso que lo acompaña omite o consigue eludir los conflictos inherentes a este tipo de configuraciones imaginarias. En la exposición encontramos mapas descriptivos del territorio y paisajes panorámicos de factura escénica y ánimo romántico, dos caras igualmente elocuentes, una gráfica y otra amable, de la ocupación colonial del territorio. Sin embargo no hay referencias explícitas a la colonialidad de estas imágenes. Los futuros Estados Unidos se conformaron en un espacio ocupado por colonos españoles, franceses y británicos enfrentados entre sí y, a su vez, en lucha contra los pobladores originarios. Los territorios fueron conquistados con violencia y se impuso un sistema político y económico que desposeyó a los nativos de sus tierras, mientras que, como reverso de esta desposesión, los paisajes de desiertos y praderas y la espectacularidad geológica de los parajes rocosos, contribuían a dar forma a la identidad visual del nuevo país.

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La exposición continúa con una serie de ilustraciones de costumbres, trajes, tipos y artefactos, acompañadas de los retratos de George Catlin y una selección de fotografías, algunas, retratos de estudio, y otras, escenas de ritos tomadas por Edward Curtis. El paso del paisaje a los pobladores remite a una fijación de la imagen de los nativos deudora de la visión eurocéntrica del Otro a través de la descripción etnográfica. Estas imágenes son en buena medida fruto de la preocupación por una desaparición o asimilación forzosa de los nativos que, sin embargo, ya se había consumado en el tiempo de estas mismas imágenes. Pese a que la inclusión de objetos es una estrategia comisarial común a la hora de poner en cuestión las tradicionales jerarquías entre arte y artefacto, la aparición de estos objetos en la exposición no consigue revalorizar la producción artística nativa, sino más bien, connotar las imágenes con el primitivismo de los museos antropológicos. Una de las características de las representaciones etnográficas es la ficción de la supresión del tiempo histórico, que se trata de representar o recrear en una situación previa al encuentro con los colonos occidentales, como si éste no hubiera tenido efectos en las formas de vida de los nativos. Es conocida la supresión de un reloj de una fotografía por parte de Curtis, porque estropeaba la visión atemporal y romantizada de los indios “auténticos”, por no hablar de la re-escenificación tardía de ceremonias, información que se menciona de forma ambigua. Sin embargo, frente a esta imagen congelada de los nativos, si volvemos a la sala primera, podemos ver la figura de un indio con un rifle en el cuadro Las cataratas de San Antonio. Alto Missisipi de 1847. Resulta difícil obviar la dimensión bélica, incluso en este paradisiaco paisaje.

Tanto teóricos de la imagen como pensadores poscoloniales han analizado los modos en los que cada uno de estos sistemas de representación, mapas, pinturas, ilustraciones o fotografías, se encuentra atravesado por una ideología eurocéntrica y cómo la imagen ha sido en sí misma un agente del colonialismo. Bajo la justificación de empresas científicas, geográficas, artísticas o antropológicas, se escondía una producción de saberes que dividía el mundo entre sujetos y objetos de la representación y del conocimiento y que ha facilitado un proceso continuo de desposesión, que va desde los derechos a la autorrepresentación hasta los derechos sobre la tierra. Al no explicitar estos mecanismos representativos del poder, la exposición los naturaliza y contribuye a perpetuarlos. Los textos de sala que acompañan la exposición parten de la constatación de un conjunto de estereotipos, pero no consiguen salir de los mismos y, de este modo, acaban reforzando aquello de lo que trataban de huir. Esto es especialmente evidente en la sala dedicada a los pósteres, fotogramas, novelas y juegos que abundan en un imaginario que, pese a los buenos propósitos iniciales, no ha sido realmente puesto en cuestión.

Se podría señalar que los discursos académicos exceden el trabajo de una exposición. Sin embargo, es precisamente en exposiciones destinadas a un público no especializado donde es necesario hacer una labor de pedagogía crítica, como ya hacen museos como la Tate Britain, que releen sus colecciones discutiendo su pasado colonial. Junto al cuestionamiento del imaginario occidental, otras estrategias animarían a buscar representaciones alternativas, entre las que estarían la visión de los colonos en los imaginarios indios. En este sentido, resulta muy problemática la inclusión de las obras del propio comisario-artista en vez de incorporar producciones de artistas nativos contemporáneos. Como ha señalado Jean Fisher, existe una paradoja de naturaleza vampírica en el hecho de que la desaparición de los indios provoque, a través de una mirada introyectiva, una vuelta recurrente al Far West como elemento identitario en el imaginario estadounidense, una forma de mantener ausente-presente a este Otro deseado. La instalación de las obras del comisario sigue dejando a los indios en la sombra y empaña una labor que, a pesar de todo, resulta estimulante y novedosa en el contexto expositivo español.

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