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Jazz, cuestión de actitud

11 enero, 2016

¿Qué es el jazz? Cierre los ojos y dígame lo primero que se le pase por el cerebro. Si es Louis Armstrong, ha escuchado una melodía con swing -la batería que mueve nuestras cabezas con su inconfundible chinguilín, chinguilín-, y la primera palabra que ha pensado es “improvisación”, está usted en la media de lo que piensan que es el jazz la mayoría de personas que no escuchan jazz.

Louis Amstrong es posiblemente el músico de jazz más famoso de la historia, sobre todo por canciones como What a wonderful world. Es decir, a Amstrong se le conoce más por cosas que no son jazz; como a Dizzy Gillespie más por sus mofletes inflamados como un globo al tocar la trompeta y no por ser uno de los padres del be bop.

Decía Duke Ellington que It don’t mean a thing (if it ain’t got that swing), pero uno de los grandes pianistas del jazz actual, el californiano Brad Mehldau, escribe en su último disco que tan cierta es la opinión de que “el jazz debería tener cierto swing” como la que denomina jazz a cosas que no lo tienen. Al fin y al cabo, ¿no fue el swing un estilo en sí mismo? Vivió su esplendor en Estados Unidos en los años 30 con las orquestas de baile, era la música popular de la época y en ella la improvisación era un mero aditivo, no la esencia.

La improvisación como elemento nuclear es, en realidad, cosa muy posterior al parto del jazz. La había en Nueva Orleans, ¡por supuesto!, pero era en esencia un juego melódico, variaciones temáticas sobre la melodía principal. La gran fiesta de la improvisación del jazz llegó con el be bop, el punto de inflexión de una música que pasó de celebración colectiva a ensalzamiento del individuo… en equipo. Con los Gillespie, Parker, Monk y compañía, el jazz se hizo adulto, adquirió la personalidad que permeó toda la evolución posterior del mismo, a la vez que se fue alejando del gran público, para el que se inventó después el rock y al que más tarde se domesticó con el pop. En esencia, gran parte del jazz que se practica hoy en día no difiere mucho del que se inventaron los bopers: canciones sobre cuya armonía se improvisa.

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El jazz, asumido como paradigma de la libertad musical, vive atrapado en un callejón sin salida con cámaras de vigilancia. Como en política, existen los neocons del jazz, guardianes de una ortodoxia que se ha extendido por todo el mundo como estilo, cuando en realidad el jazz es actitud. El jazz como estilo es lo que se aprende en el conservatorio; la actitud, la que hizo del jazz una identidad para versos libres. Como estilo murió hace tiempo, porque tocarlo es reproducir un patrón y, por lo tanto, agotarlo. Por eso honran al jazz quienes menos esfuerzo dedican a defenderlo en batallas dialécticas, quienes crean al margen de consideraciones teóricas, quienes viven en el tiempo presente y no se creen en la calle 52 de Nueva York en los años 40. Como estilo, el jazz es música clásica, en el doble sentido de reproducible -la improvisación no dejaría de ser una emulación estilística, no auténtica y genuina expresión del solista- y de una época y un lugar concretos. No es casualidad que abunden en los festivales de verano tributos a Miles o a Parker. El jazz como naturaleza muerta es el mainstream.

Maria Schneider, quizá la personalidad más relevante hoy en día en el ámbito de las orquestas de jazz, me explicaba en una reciente conversación que fue uno de sus maestros, el trombonista Bob Brookmeyer, quien le hizo ser consciente de que en el jazz “hemos llegado a aceptar que ciertas cosas tienen que estar ahí”. Es decir, que “porque estuviera escribiendo jazz, debía hacer determinadas cosas; casi como si estuviera construyendo una casa prefabricada”. Al escuchar las últimas grabaciones de Schneider y compararlas con las primeras, se comprende bien la diferencia entre jazz como estilo y jazz como actitud. La segunda libera. Es expresión íntima, un proceso de crecimiento personal, de definición, de afirmación frente a la masa, cuya diversidad se diluye en el molde. Se tiene o no se tiene, pero el jazz no se puede aprender.

El jazz es música contestataria, nació lejos de un conservatorio y ha acabado esclava de la necesidad humana por definir y clasificar. Por eso, los mejores jazzistas de nuestro tiempo ni siquiera se preocupan por serlo e incluso rehúyen la palabra, tan condicionada por su relato académico. Lo son de la única forma posible: por actitud. Cuentan su propia historia. Hablan por sí mismos. Son libres. Improvisan. Hacen jazz.

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