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La revolución de las canas

11 enero, 2016

La sociedad está envejeciendo a un ritmo creciente. Tanto que en el 2050 las personas mayores de 65 años representarán más de un tercio de la población española. Hemos mejorado la calidad de vida y también hemos ganado años a la muerte, pero parece que estos cambios nos han pillado algo desprevenidos y todavía estamos reinventándonos. Por un lado, nos preocupamos mucho por lo bello y lo joven. Nos da miedo envejecer, nos empeñamos en teñirnos el pelo, quitarnos los rasgos del tiempo, las arrugas, estar al día en la moda, vestir desenfadado. Por otro lado, nuestro modelo de sociedad se basa en la productividad, la competitividad, el éxito, la inmediatez. Estamos subyugados por lo que se puede llamar una “dictadura del presente“, una “sociedad líquida” donde prima el culto de la velocidad.

Compramos cosas que en pocos meses ya están obsoletas, pasadas de moda, descatalogadas. De la misma manera descatalogamos personas. A los 63 o a los 65 años. En algunos casos extremos hay prejubilaciones que se han dado a los 48 años.

Tendemos a pensar que la innovación solo puede estar vinculada a los jóvenes y que las personas mayores solo pueden aportar tradición. Asimismo, incluso antes de salir del mundo laboral, tendemos cada vez más a aislar a las personas de más edad acusándolas de poco productivas, poco motivadas o poco creativas.

“Old is The New Black” [“Los mayores son el nuevo color negro”, en el sentido de que a todo el mundo le gusta]. Así recita el texto de unas bonitas camisetas que se han vuelto famosas, diseñadas en Nueva York por Fanny Karst, una estilista francesa comprometida con la belleza y la elegancia sin edad.

Y sí: la discriminación por edad está muy presente en nuestra cultura y es una de las más profundas ya que, al ser transversal, se suma a la de género, raza, religión, etc.

Las personas mayores tienen más dificultad para permanecer en el mundo del trabajo a la vez que tienen pocas probabilidades de volver a encontrar trabajo una vez quedan fuera del mundo laboral.

Aunque en los últimos dos años se ha puesto algo de freno a esta praxis, durante mucho tiempo las grandes empresas prescindían del talento senior en favor de las nuevas generaciones, supuestamente más productivas y desde luego más baratas.

Así que de los 5 millones de personas entre los 55 y los 65 años solamente el 50% de ellas está en activo. De hecho, la radiografía del paro, según la encuesta de la población activa del primer trimestre del 2015, muestra que más de la mitad (57%) se concentra en las primeras y las últimas etapas de la vida laboral, aunque por razones diferentes. Es decir, entre los jóvenes menores de 25 años por inexperiencia laboral por una parte (15%), y en las personas mayores de 45 por otra (42%), claramente por edadismo.

Asimismo en relación con estos datos nos damos cuenta de que no solamente estamos aislando a las personas mayores sino más bien a todos aquellos que se quedan fuera del sistema productivo, así como lo tenemos concebido.

En una cultura dominada por la fragmentación, la segregación y la sectorialización no producir equivale a no tener un rol. Esto provoca un aislamiento, tanto de jóvenes como de mayores, desempleados o jubilados, y una enorme pérdida de valor social y cultural.

Si finalmente sumamos a estas reflexiones la debilitación del pacto social y las limitaciones de nuestro sistema educativo, en buena parte todavía basado en herramientas y metodologías del siglo XIX, tenemos la imagen completa de las necesidades y oportunidades que el envejecimiento de la población nos ofrece.

La revolución de las canas es una tremenda oportunidad. Las canas están de moda. Están de moda entre adultos, mayores y hasta entre los jóvenes. Probad a ir al peluquero y preguntad por si está de moda teñirse el pelo de ese gris amarillo.

“Old is The New Gold” [“Los mayores son el nuevo oro”], citando otra vez a Fanny Karst. Eso es. La experiencia no envejece y la creatividad tampoco. A la vez que el arte y la innovación no están relacionadas con nuestra fecha de nacimiento. Los mayores de hoy nada tienen que ver con los mayores de ayer. Ya no tiene sentido hablar de tercera edad ni de cuarta ni de quinta.

Las personas mayores de hoy son innovadoras, son creativas, están conectadas, tienen nuevas carreras en edad avanzada, se reinventan. Han pasado de ser objeto de asistencia a ser sujetos y protagonistas del cambio. Son un recurso social. Atesoran increíbles historias y experiencias.

Como dijo Isaac Newton: “si he podido ver más lejos ha sido porque he subido a hombros de gigantes”. ¿Por qué no poner en valor este recurso? ¿Por qué no ver más lejos?

Porque eso son las personas mayores, auténticos gigantes capaces de alzar a los jóvenes para alcanzar metas antes inconcebibles.

Lo que cuenta es el proceso, los equipos mixtos, la innovación y tradición compartidas, la riqueza de trabajar desde diferentes perspectivas. Jóvenes y mayores juntos para reconstruir una memoria colectiva en movimiento.

Vivimos en un mundo multi-todo. Multi-cultural, multi-racial, multi-disciplinar y claramente multi-generacional. Esa diversidad es una oportunidad. ¿Somos capaces de ponerla en valor?

Estrechemos otra vez los vínculos entre las generaciones y construyamos una sociedad y una cultura para todos, donde cuente la inteligencia colectiva, las relaciones y la reciprocidad. Una sociedad intergeneracional donde nadie se quede atrás. La revolución de las canas nos brinda enormes oportunidades. La oportunidad de replantear servicios, de rediseñar equipamientos y espacios públicos, de repensar el concepto de participación y de recrear lugares de encuentro y de colaboración entre todas las edades.

Fotografía: Cortesía de Ari Seth Cohen / Advanced Style

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